¿Y qué habrá de cierto en ello?. El ejercicio de la profesión (la de periodista) nos tiene acostumbrados a evaluar cada cuestión en profundidad, si lo hacemos seriamente por supuesto. Lo cierto es que, como se dice, la verdad es según el cristal con que se la mire.
Los periodistas solemos construir nuestra propia visión de los hechos, las más de las veces afectada por diferentes niveles de identificación con uno u otro personaje de las historias que vivimos cotidianamente. Pero cuando debemos dar cuenta de una verdad, de un hecho verídico, al margen de quién sea el protagonista de ese hecho, pontificamos: la verdad es una y sólo una, la nuestra y nos pertenece.
En momentos de mayor cordura en cambio, nos permitimos dudar, esto es relativizar los absolutos, apenas un atisbo de sabiduría que asoma airoso de entre tanta necedad. Y pensamos (no es un dato menor), si la verdad es relativa o es única? Y concluimos en que la verdad no es un absoluto, que siempre estará viciada por nuestro punto de vista, condicionado también por la relatividad de nuestra historia personal, afectos e intereses (que de por sí no constituyen una mala palabra) que lo orientarán hacia uno u otro margen.
Pero necesitamos de las verdades, aún cuando todas sean relativas, pues a partir de ellas nos vinculamos con nuestros semejantes, articulamos nuestras vidas, armonizamos o confrontamos. Somos falibles, influenciables, únicos, la materia prima de cada eslabón en que se sustenta la vida y así, con nuestras verdades a cuestas, debemos construir un enorme muro para contener nuestra propia intolerancia.
Hasta la próxima
La Dirección