por Alejandro Campbell* - Mayo de 1998
Por su tamaño la Unión Europea es una economía muy similar a la mayor de las uniones monetarias existentes hasta el presente.
Con su dólar, la dimensión de los Estados Unidos es comparable a Europa, que pronto tendrá su euro. Las magnitudes similares se dan tanto si se mide el mercado por su población, o por su producto bruto, o por su apertura y participación en el comercio mundial.
El dólar es la única moneda que rige las transacciones en Estados Unidos. Esto es tan ampliamente conocido que no merecería comentarlo, si no fuera mucho menos sabido que ningún billete se emite en Washington.
Si bien la Junta de la Reserva Federal supervisa las decisiones de política monetaria resueltas por su Comité de Mercado Abierto, la emisión monetaria es función de doce bancos centrales diferentes, las Reservas Federales regionales, ubicadas en ciudades importantes desde Boston hasta San Francisco, siendo Nueva York apenas un primero entre sus pares.
El coeficiente de correlación del crecimiento del producto con Alemania (Occidental), la zona ancla de Europa, con la economía del Reino Unido fue de apenas 0,19 a lo largo del período 1964-1990, según un análisis efectuado por el Fondo Monetario Internacional.
En otras palabras, esto significa que si la coyuntura en Alemania cambiaba un uno por ciento para arriba o para abajo, en promedio los británicos respondían con un flemático 0,19 por ciento.
Una correlación tan exigua indica la situación periférica de la economía británica en el concierto europeo. Desde el punto de vista de la política, la economía política brinda algún soporte fáctico para justificar el escepticismo respecto de Europa que aún guardan varios británicos influyentes.
Sin embargo, si el análisis se acota al sub período que comienza en 1973, momento cuando el Reino Unido se incorporó a la Comunidad Europea, aunque todavía resulta muy baja, la correlación crece. Esto demuestra que las políticas de integración son efectivas.
Los seis integrantes originales de la Comunidad Económica Europea a lo largo del período analizado, se movieron a un ritmo mejor acompasado. La correlación entre la variación de la producción de los Países Bajos y la economía alemana fue 0,77; Francia y Bélgica registraron ambos 0,71.
Al sur de los Alpes, Italia también revela su desacople de Alemania, habiendo tenido una correlación intermedia de 0,47, un nivel similar a los recientemente incorporados países escandinavos Suecia y Finlandia. La fuerte correlación de Austria (0,70), pese a ser también uno de los últimos ingresantes a la UE, es prueba de la importancia del factor geográfico en la contigüidad con el patrón de referencia.
Paul Krugman encuentra una mayor especialización de la industria en Estados Unidos que en Europa. A partir de esta circunstancia su texto "Geografía y Comercio" infiere que adoptar una moneda única llevará a una mayor especialización regional, en tanto las empresas procuren maximizar sus redes de externalidades.
Lo cierto es que la correlación de las variaciones en la actividad económica de la región este central de Estados Unidos, considerada como pivote de la economía, con los estados de las Rocallosas fue apenas 0,18. De aquí se podría inferir que Philadelphia y Denver son tan distintos como Frankfurt y Londres.
Si las diferencias son menores la cuestión radica entonces en la forma en el cual se ajustan las economías frente a shocks. La movilidad de factores es clave. En América del Norte las migraciones de la población económica activa de un estado a otro son significativas, a medida que la fuerza de trabajo se ve atraída por mercados laborales más dinámicos.
En Europa, en cambio, el ajuste se produce esencialmente a través de las cantidades. Esto se refleja en los mercados de factores productivos, entre ellas el de un mercado de trabajo, que -cuando existe sobreoferta- se refleja en altas tasas de desocupación como síntoma de los desajustes.
En la última cumbre presidencial del Mercosur en diciembre de 1997, el presidente Carlos Menem propuso a sus pares comenzar a trabajar activamente en un proyecto común con el objetivo de alcanzar una moneda única, redoblando así la apuesta argentina en el proyecto de integración sub regional.
Lo cierto es que incluso antes de plantearse el Mercosur como tal, los negociadores argentinos y brasileños ya estaban conscientes de la necesidad de una política monetaria común como un prerrequisito para una integración efectiva.
Entre los múltiples protocolos del Programa de Integración y Cooperación Argentino-Brasileño firmado en 1986 por los entonces presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney había uno que hablaba de una unidad de cuenta común, el Gaúcho (con o sin acento, según uno se encontraba en Uruguayana o Paso de los Libres).
A mediados de la década de los ochenta, lo que se procuraba era hacer más fluido el comercio, poniendo a salvo los pagos por transacciones regionales en un contexto de restricciones cambiarias. Hoy lo que se busca es la coordinación macroeconómica que dé sustento al mercado ampliado.
"A la vuelta del camino de la constitución de una unión aduanera y de un mercado único la estabilización de los tipos de cambio entre los países se vuelve imprescindibles", dice el Secretario de Relaciones Económicas Internacionales Jorge Campbell. Para el Mercosur ve la implantación del euro como un laboratorio a escala natural de donde se pueden extraer lecciones acerca de qué conviene imitar, y también -porqué no- de lo que resulta aconsejable evitar.
Interrogado sobre el tema de la moneda única durante la última convención bancaria organizada por ADEBA, Jagdish Bhagwati, uno de los teóricos más distinguidos del comercio internacional, también abogaba por la virtud de ser juiciosos. "Una ambición desmedida en el frente macro, puede comprometer la liberalización comercial. Mediante la convergencia de políticas se puede alcanzar la sincronización. Mientras tanto, la flexibilidad es un activo clave."
* El Sr. Alejandro Campbell es integrante de Data-Brokers - Periodismo Económico