Existe una versión muy difundida, y errónea, que nos deja entrever que los términos logística y transporte implican conceptos y actividades similares. Mientras tanto, quienes desarrollan una u otra, se esfuerzan en diferenciarlas a partir de precisar las esferas de acción e incumbencias que a cada una atañe.
Estos esfuerzos no se amparan únicamente en cuestiones de semántica sino que proyectan intereses sectoriales en una pugna de vieja data. No es para menos: la gestión de la distribución física local y los costos que ésta involucra difieren sustancialmente de los comprendidos en los costos de los fletes internacionales; seguramente, la incidencia de los primeros o de los segundos en el precio final de los bienes es bien distinta.
Pero también es menester diferenciar los planos de acción: el local y el internacional.
La puja de la que hablábamos, pero referida al orden local, se ha resuelto de manera tal que los prestadores de servicios logísticos asumen las tareas de aprovisionamiento, administración de inventarios y acarreo como única, y amparada en un marco de competencia entre iguales.
En el orden internacional, las cuestiones que se debaten son distintas. Por lo pronto, la cuantía de los fletes supera largamente los costos del resto de las actividades convergentes en el comercio exterior. De paso, desnudan algunas situaciones muy particulares, a saber:
Conclusión: ¡sorpresa! A despecho de quienes se molestan en separar la paja del trigo en aquello de la logística y el transporte, hemos caído en la cuenta, una vez más, que nuestra Argentina carece de una política de Estado en materia de transporte. ¿Y a quién habremos de reclamársela sino a quien detenta el poder?
Hasta la próxima
La Dirección