Tenemos cercanamente en el tiempo la oportunidad de ejercer uno de los derechos fundamentales que nos otorga la democracia: el derecho a votar, en este caso, por las legislaturas nacional, provincial y municipal. Tenemos también el derecho de escuchar las propuestas de los candidatos de los partidos, frentes o alianzas que se postulan para los cargos que, democráticamente, se han puesto en juego y que a partir del veredicto de las urnas habrán de asumir.
Creemos que hasta aquí nada está en duda, salvo los nombres de quiénes serán finalmente consagrados por los votos de la ciudadanía. Este es el juego de la democracia.
Ahora, si entendemos a la democracia, más allá de las formalidades, como el resultado de la interacción de propuestas entre mayorías y minorías y a partir de allí a la construcción y desarrollo de una Nación en la que sus ciudadanos puedan aspirar legítimamente a vivir con igualdad de oportunidades, permítasenos señalar la absoluta falta de propuestas por parte de los adversarios políticos que habrán de cotejar sus chances el 28 de junio próximo.
Decir que nos asombra esa falta de propuestas sería una hipocresía. Desde que tenemos uso de razón, hace ya varias décadas, los escenarios montados por oficialistas y opositores son vacíos absolutos donde la nada impera. Sólo los improperios.
Escuchamos días atrás al gobernador Scioli que sostenía preferir “una lluvia de propuestas a una tormenta de insultos”. Como simples ciudadanos, cualquiera sea nuestra preferencia política, seguramente estaremos de acuerdo en que éste es un deseo compartido.
Hasta la próxima
La Dirección