A siete meses de haber comenzado el ejercicio de su gobierno, la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner transcurrió cuatro de ellos inmersa en una crisis sin antecedentes. Un récord odioso e impensado para un país que ostentaba parámetros de crecimiento económico absolutamente desacostumbrados para esta región del planeta.
Circunstancias económicas y políticas al margen, porque escapan a esta apretada editorial, la crisis a la que hacemos referencia terminó encauzándose de la manera más inesperada para la primera mujer que ejerce la presidencia de la Argentina, con un durísimo revés parlamentario inflingido por propios y extraños que cuestionaron lo que, en esencia, es una herramienta de política económica utilizada, con mayor o menor discrecionalidad, por muchos gobiernos del mundo, antes y ahora.
La validez de esta herramienta y la oportunidad de su implementación fueron zanjadas por el Parlamento nacional con el rechazo.
Así las cosas, y sin poner en tela de juicio la actitud e intenciones de los opositores a la tan mentada Resolución 125, es importante destacar el cierre de una etapa y la apertura de una nueva que oxigene y reimpulse la continuidad democrática de este gobierno, cuya legitimidad no puede ser puesta en duda.
La Señora Presidenta no debe sentirse derrotada, aunque ésta sea la sensación inmediata. En cambio, algunos de los funcionarios que la rodean y que son los auténticos “mariscales de la derrota”, deberían pensar seriamente en resignar sus cargos.
Barajar y dar de nuevo implica en la jerga popular una nueva oportunidad que no habrá que desperdiciar.
Esta nueva oportunidad seguramente involucrará a ciertas formas de hacer política y a muchos otros aspectos que hacen a la comunicación de los objetivos y de la acción de gobierno.
Se puede y nos lo merecemos.
Hasta la próxima
La Dirección